VILLAHERMOSA
ANTIGUA
1930 – 1950
(Legado a la Actualidad)
Antonio Vidal Cruz
Calle Benito Juárez García
(V Parte)
En
la esquina formada por la avenida 27 de
Febrero y esta calle Juárez se encuentra
La Casa de los Azulejos, bautizada así
por la gente, porque como se puede apreciar
sus paredes están cubiertas de azulejos,
que en aquél entonces eran traídos
de Europa.
Esta casa fue construida por el señor
Juan Graham Mcgregor en el siglo XIX y ocupada
como casa habitación en el año
de 1896 por el mencionado señor Graham
y su esposa, la señora Casiana Casasús
Puig, quienes fueron los padres del doctor
Juan Graham Casasús.
En la misma esquina con 27 de Febrero estaba
la tienda de telas y ropa de don Antonio
Nemer. Cuando se incendió la tienda
La Mariposa del Oriente de don Pedro Alejandro
que se encontraba en la otra esquina, con
el fuerte calor los azulejos que cubrían
la pared de la parte de 27 de febrero, se
fueron levantando y dejando deteriorada
esta parte; por tal acontecimiento, don
Antonio Nemer del gran susto se enfermó
y eso le causó el deceso.
Al normalizarse la situación, el
hijo del mismo nombre tomó la alternativa
e instaló el mismo giro, pero no
le convenció como negocio y decidió
rentar otro local más adelante, donde
ahora está la puerta de salida de
la tienda Del Sol, donde abrió un
restaurante al que bautizó como “Los
Azulejos” que resultó un buen
negocio y después lo amplió
con un centro nocturno al que conocían
como “La Fuente”.
Al desocupar Toño Nemer la esquina
de Juárez y 27 de Febrero llegó
ahí don Marcelino González
para abrir una tienda donde vendían
camisas, corbatas, mancuernillas, pañuelos,
ropa interior y todo lo relacionado para
el buen vestir del caballero elegante. La
tienda era conocida como “Casa Chelino”
y era ayudado por su hijo, también
Chelino, de amable trato.
En la época a la que hago referencia
estuvo en esa casa de los azulejos la peluquería
“El Fénix”, en esa ocasión
era de postín. Entonces las peluquerías
se dedicaban al arreglo de los caballeros
y niños, ni de chiste se atrevía
una dama a acudir y eso que no había
lugar para damas, eso comenzó por
los años cincuenta.
Los maestros peluqueros que atendían
a la clientela de “El Fénix”,
eran Don Charo Castañeda, Don Eleazar
Gil y otro conocido como el Maestro Chucho.
Don Charo Castañeda, a finales de
la década de los años cuarenta,
pensó acondicionar un local por separado,
pero junto a la peluquería donde
instaló un comercio de brillantinas,
lociones, perfumes, talcos, entre otros
del ramo, y este negocio al que le puso
perfumería “El Fénix”,
le resultó próspero, tanto
que optó por dedicarse a ello, dejando
el oficio de fígaro de manera definitiva.
El local de la esquina formada por las calles
de Reforma y Juárez, estaba ocupado
por el Banco Nacional de México,
sucursal Villahermosa, en ese entonces la
moneda tenía notable valor, por ejemplo:
los cheques girados por los cuentahabientes
eran desde cinco pesos en adelante.
Recuerdo que cierta vez don Panchito de
la Cruz, ampliamente conocido en el medio
de los negocios como “Pancho Cruz”
-era hermano de mi madre-, llegó
al mencionado banco y presentó un
cheque de cien pesos. Esperó y se
dio cuenta que llegaban otros clientes y
presentaban cheques de diez, veinte, quince
pesos y enseguida pasaban a la caja, y mi
tío, sorprendido, preguntó
a la encargada de hacer los trámites
referidos, por su cheque, a lo que la respuesta
fue “Lo están operando”.
Siguió la espera y mi tío
insistió, recibiendo la misma respuesta
y luego le preguntó “Disculpe…
¿qué, tan grave está?”.
Usted razone.
A la siguiente esquina de las mismas calles,
estaba la ferretería Manrique Hermanos,
con amplio y diverso surtido del ramo. Recuerdo
de algunos personajes que prestaban sus
servicios, como el de confianza, Manrique
Bravata, Martín Hidalgo, (luego se
separó para poner su propio negocio
ferretero en la calle de Aldama al que nombro
“El Diamante”), también
laboraba Francisco “Pancho”
Rodríguez, Edén Cornelio –El
Chelo Edén-, Guadalupe Méndez,
-Lupe el marihuano- que de esa adicción
no tenía nada, ni siquiera era cervecero
(este también se separó y
se dedicó a la técnica de
hacer copiados de llaves para cerraduras
y candados, así como para abrir sin
llaves a los mismos y abrir cajas fuertes).
El cerrajero instaló su taller en
la calle Abasolo –hoy Mina- entre
27 de Febrero y Narciso Mendoza, para ubicarlo
mejor.
Después había un local amplio,
donde estuvo la tienda de Salinas y Rocha,
que los hermanos Manrique utilizaron para
sala de exhibición de los automóviles
y camiones de la Ford Motor Company; luego
estaba una tienda de relojes Cantú,
que vendía a plazos de pagos y utilizaba
el siguiente lema: “Un minuto para
comprar y un laaargo año para pagar”.
Tenía de toda calidad de relojes
Kelton, económicos, así como
Mido, Nivada, Haste, Longines y otras marcas
de prestigio.
En la planta alta de este local estaba el
consultorio del ginecólogo, doctor
César Calderón Vidal, recién
llegado a esta ciudad, pero con mucha fe
y deseos de servirle a sus paisanos, dando
lo mejor de sus conocimientos.
De nuevo, en la planta baja estuvo el consultorio
del otorrinolaringólogo, doctor César
Portilla Rosado, originario del Estado de
Veracruz y quien en esta ciudad cosechó
muchos amigos por su trato; en lo profesional
no fue la excepción, dentro de los
padecimientos que más trataba y practicaba
era de las anginas, que por lo regular practicaba
cirugía.
Una vez platicando con él, me comentó
que a la casa de sus padres llegaban maestros
a impartirle clases de diversas disciplinas,
hasta que llegó a fastidiarse cuando
se presentó un maestro de piano y
ya no lo aceptó. Volviendo a la rutina
de su consultorio, lo fue dejando para ir
metiéndose en el ramo de la construcción
hasta cerrarlo para convertirse en próspero
empresario de la construcción de
fraccionamientos, como ejemplo “El
Fraccionamiento Guadalupe”, que está
junto a la Ciudad Deportiva que la gente
de aquel entonces bautizó como “La
Ciudad de Portilla”. Luego, pero en
los años treinta, estuvo el consultorio
del doctor Pedro Canabal, médico
general, pero con amplios conocimientos
profesionales, de un trato envidiable, que
–al estilo aquel de la risa de Garrick-
con el solo hecho de atender al enfermo
ya sentía mejoría. Era de
los doctores que no tenían signos
de pesos en cada ojo.
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