Malecón
Por
Bartolo JIMENEZ MENDEZ
¡ADIOS
MARILU!
El pasado
22 de diciembre falleció la arquitecta Marilú
Herrera Velázquez a causa de una diabetes que
minó sus facultades físicas y que manera
paulatina liquidó sus defensas, no obstante
que siempre estuvo presente en todo el tratamiento
y la diálisis que se le practicó para
tratar de detener el mal.
Así es la vida y lamento no haber estado presente
en sus últimos momentos, cuando ella siempre
estuvo a mi lado en los momentos más difíciles
por deficiencias físicas y su chofer, tenía
órdenes precisas de llevarme y traerme a donde
fuera y Rosalino así lo hacía y aprovechaba
para preguntarme que si conocía hace mucho
tiempo a la arquitecta y porque ella me decía
hermano, muchas preguntas, pero le inquietaba la cercanía
con ella sus padres y hermanos, don Fausto Herrera
Lastra y doña Carmen Velázquez, así
como sus hijos, Lilí, Lucía, Blanca
, Samuel, Jorge y Fausto.
Con Marilú evocó la memoria de aquellos
años violentos, ambiente de incertidumbre,
días de soledad y de encuentro y rostros, miles
de rostros de jóvenes como nosotros que al
grito de ¡Prohibido prohibir! Queríamos
transformar al país ¡No hagas fiesta
has la revolución! ¡No tomes café
toma el poder! ¿Sueños? Se ponían
las bases del cambio social y combatir la represión
por el mínimo argumento como había sucedido
el 26 de julio en la Vocacional 5 de la ciudadela
y allí empezó todo.
El recuerdo de Marilú me trajo de golpe aquellos
acontecimientos del Casco de Santo Tomás, alma
del Politécnico y los acontecimientos se estaban
desencadenando de una manera vertiginosa y miles de
granaderos entraban por Lauro Aguirre, Río
Consulado y Nonoalco por Tlatilco, allí mismo
donde el hoy ingeniero Juan Avila Vallejo y un servidor,
tratábamos de poner a salvo un mimeógrafo,
poero los gases disparados nos impedían avanzar
por la vía del tren y tuvimos que tirarlo al
barranco de Tlatilco para poder correr.
La estudiante de arquitectura ESIA, no quería
abandonarnos en esos momentos que tardó toda
una noche en un encuentro donde los granaderos entraban
y se replegaban en la Lauro Aguirre y Mary, una niña
linda de ojos enormes, mirada pícara y figura
de ensueño, hija de tabasqueños aunque
ella nació en el Distrito Federal, tenía
la convicción de que había que luchar
por nuestra institución que aunque no era autónoma,
su espacio lo considerábamos inviolable y así
la música siguió y siguió, toda
la noche hasta que amaneció, el Instituto Politécnico
Nacional, el Casco, fue tomado a las 5 de la mañana
y ya un día antes, Zacatenco había caído.
A Mary la conocí debido a que en mi calidad
de dirigente, de la Prensa Politécnica de la
cuál era Secretario General, mucha gente acudía
en solicitud de ayuda para el ingreso y de esa manera
nos conocimos y tanto ella como sus hermanas, estudiaron
en las diversas escuelas superiores del instituto.
Después de eso, tanto en el trabajo como en
el periodismo se convirtieron en mi sombra y me acompañaban
a muchas partes con escritores, pintores, periodistas
y así transcurrió la vida hasta que
se me ocurrió a instancias de Isidoro Pedrero
Totosáus y Andrés Manuel López
Obrador, venirme a Tabasco, es decir, regresar y eso
ya representó la tercera etapa de mi vida.
Como en la ciudad de México, Marilú
con todo y la enfermedad le gustaba la creatividad
que imprimía en las obras y así como
era feliz cuando el Premio Nacional de Periodismo
Estudiantil, no cabía de gozo y no le gustó
en u n principio que me quedará en Tabasco
por aquello a la adicción al alcohol, pero
platicando le dije que después de aquella noche
de pesadilla en El Casco de Santo Tomás, la
vida aquí tenía otro tono y que el tabasqueño
encuentra satisfacción en un mundo que recrea
para él y ella, ya padeciendo la enfermedad
de la diabetes, trataba a toda costa de sobreponerse
y ya los contrastos permanentes contraídos
con empresas no los renovó, pero había
acumulado un capital que le daba para vivir y un patrimonio
del que me quizo hacer partícipe y que rechacé.
La amistad es otra cosa y no puedo ser heredero de
algo que no me corresponde. Para mí la afortuna
es la amistad que llega por sus inercias hasta el
final y así fue el cariño con Marilú,
mi niña bonita que alegraba la retina cuando
pasaba por el kiosko porfiriano de la Nueva Santamaría
colonia de mis grandes amores y trinchera del frente
de lucha por el nuevo México que queríamos
y luchamos por ella a brazos partido.
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